sábado, 26 de noviembre de 2011

Liberalismo y Estado

"La libertad no es, como podría sugerirlo el origen del nombre, la liberación de toda restricción, sino la aplicación efectiva de restricciones justas a todos los miembros de un estado libre, sean éstos magistrados o súbditos. Es solamente bajo restricciones justas que las personas adquieren seguridad y que no pueden ser invadidas en su libertad personal, su propiedad y su accionar inocente [ ... ]. El establecimiento de un gobierno justo es de todas las circunstancias que se dan en la sociedad civil la más esencial para la libertad; cada persona es libre en la proporción en que el gobierno de su país es lo suficientemente fuerte para protegerla y lo suficientemente limitado y prudente como para no abusar de ese poder"

- Adam Ferguson -



Una de las cuestiones tradicionalmente más debatidas y confusamente planteadas en torno a la Teoría Liberal es el papel que el Liberalismo concede o no al Estado en el conjunto de su sistema político, económico y ético. El pensamiento liberal ha sido totalmente incapaz de producir una teoría siquiera sea mínimamente homogénea respecto al papel del Estado en el orden social. Diferentes autores liberales han acuñado diferentes teorías y justificaciones del Estado que en ocasiones han sido incompatibles entre sí, e incluso hay muchos que directamente han negado al Estado cualquier clase de papel ético en la sociedad.

En este artículo vamos a intentar hacer tres cosas. En un primer momento, veremos a que nos referimos al hablar de "Estado", ya que este término no está carente de confusión. En un segundo paso, intentaremos apuntar cuales son las principales líneas que desde posiciones liberales se han adoptado respecto del Estado. En tercer y último lugar, apuntaremos cual es la concepción del Estado que se defiende desde "Mosquetero Liberal" como la más idónea para alcanzar una sociedad libre.

1. Concepto de Estado

Según Max Weber, "se define estado como la institución que pose el monopolio legitimo de la violencia dentro de un territorio". De tal modo que el Estado sería la institución (o conjunto de instituciones) de carácter coactivo que permite la dominación política. De aquí se extraen fundamentalmente las siguientes notas o características del Estado:

1) El Estado es una organización coactiva de la fuerza.

2) El Estado organiza la comunidad política, de la cual es institución.

3) El Estado cuenta con una serie de elementos que le son propios: territorio, población y poder/soberanía.

No obstante, siendo esto importante, es insuficiente. El Estado no es cualquier organización coactiva de la fuerza sobre un territorio. El Estado, como construcción artificial que es, tiene una vinculación con la contingencia de la Historia. Es decir, el Estado no es una institución natural independiente de toda circunstancia de momento y lugar. El Estado por el contrario tiene un origen muy concreto, que puede fecharse entorno al siglo XV en el continente europeo. El Estado, tal cual lo concebimos tiene su origen en el paso del orden medieval a la sociedad moderna y viene acompañado de la acumulación de poder político en la figura del Monarca (o el Príncipe según la terminología maquiaveliana). Dicha acumulación de poder en la figura del monarca viene acompañado por dos elementos que se convertirán en funciones esenciales de todo Estado moderno: el control de los impuestos y la formación de un Ejercito propio que no responderá a ninguna autoridad distinta de la del Rey (a diferencia de los ejércitos medievales que tienen su origen en las múltiples y superpuestas relaciones de vasallaje).

El Estado por lo tanto tiene su origen en un momento histórico determinado por la acumulación en la persona del Rey de un poder que nunca antes tuvo en la Historia: el monopolio (más o menos perfecto) de la recaudación coactiva para la Hacienda y el monopolio de las armas. Tal vez los dos primeros Estados en surgir con esta naturaleza en el continente europeo sean lo que hoy se conoce como España (con la Casa de Trastámara y los Reyes Católicos pertenecientes a dicha dinastía) y Francia (con el fin de la Guerra de los Cien Años y las figuras de Carlos VII y Carlos VIII de la dinastía Valois).

En los siglos posteriores, el Estado (equivalente en estos tiempos a la Monarquía como denota la frase de Luis XIV de Francia: "El Estado soy yo") irá ganando un peso cada vez mayor. Con la Casa Tudor en Inglaterra (Enrique VIII e Isabel I fundamentalmente) el Estado inglés añadirá un nuevo poder a la figura del monarca: el de cabeza de la Iglesia Oficial de Inglaterra (es decir, el poder religioso) pero no obstante queda lejos del poder absoluto todavía (algo que con el fracaso de la dinastía Estuardo, nunca se completará en territorio británico).

Sin embargo, ese poder absoluto ha sido tradicionalmente identificado con la dinastía de Borbón en Francia, los conocidos como los "Luises de Francia" (Luis XIII, Luis XIV, Luis XV y Luis XVI). No obstante, y en contra del sentir general que se ha transmitido en cierta historiografía, los Luises de Francia estuvieron verdaderamente lejos de ejercer un poder totalmente absoluto: solamente hay que ver el hecho de la primacía del derecho consuetudinario en Francia, el elevado poder de la Iglesia Católica, las rebeliones de los Hugonotes (protestantes calvinistas que se hicieron especialmente fuertes en algunas regiones como la limítrofe con la Suiza actual o en el noreste del país), el hecho de que la lengua de la monarquía (el francés) solamente fuese hablado en París y sus alrededores o ciertas manifestaciones de rebeldía frente a la Corona que obligaron a ésta a múltiples cesiones (la última, ciertamente frustrada, La Fronda).

El punto real de inflexión es, curiosamente, la Revolución Francesa. Con la Revolución Francesa se extiende el poder del Estado más allá de lo que nunca se había pensado. Bajo la justificación de la legitimidad democrática y de la igualdad de todos los ciudadanos, el proyecto revolucionario jacobino-socialista armó al Estado de un carácter homogeneizador. La Revolución Francesa hace "tabula rasa" de la Historia, pretende crear un orden político y social totalmente nuevo rompiendo con todo lo anterior, bajo los principios de la soberanía nacional, el poder constituyente y el principio legicentrista rousseaniano ("la ley como expresión de la Voluntad General"). Sin embargo, la Revolución Francesa no acaba con el Estado que había formado la Monarquía borbónica. Nada más lejano de todo ello: la Revolución Francesa se ocupa de cambiar las personas y los principios rectores, pero no así las instituciones de poder. Una vez que el personal al servicio del Rey ha sido sustituido por un personal al servicio de la Nación, y bajo el paraguas de la Voluntad General, el Gobierno francés (tanto el revolucionario como el napoleónico) procedera de forma continuada a aumentar la burocracia pública (constituyendo lo que hoy conocemos como una auténtica Administración Pública), a sustituir todo el ordenamiento jurídico (sustituyendo la primacía del derecho privado consuetudinario por la de un Derecho Administrativo legislado), a destruir la Sociedad Civil (los cuerpos sociales intermedios entre individuo y Estado), a extender la lengua francesa y la instrucción pública como signos del poderío homogeneizador del Estado, y a formar un autentico Ejercito Nacional mediante el reclutamiento forzoso para extender los principios de la Revolución fuera de las fronteras del Estado francés. No puede sorprendernos entonces que en su obra El Antiguo Régimen y la Revolución, Alexis de Tocqueville nos prevenga que lejos de suponer una victoria de la libertad, el capitalismo o la sociedad, la Revolución Francesa supusiese ante todo "el triunfo del Estado".

Pero este proceso no se detiene aquí. A finales del siglo XIX, fruto de la industrialización y el Imperialismo (al que ya dedicaremos otro artículo), el Estado decide dar un paso más en su labor de crecimiento. Este cambio se produce, a diferencia del anterior, no en el mundo francés (que no tardará no obstante en irle a la zaga) sino en el de habla germana. Se trata del Estado Social, ideado por Bismarck y por la socialdemocracia de Ferdinand Lassalle. El Estado ya no solo debe ser un instrumento de coacción y limitación administrativa de las libertades, sino que debe inmiscuirse también en las relaciones privadas de la sociedad (fundamentalmente, las de carácter laboral). Este modelo de intervención, lejos de favorecer a "los débiles" es en buena medida culpable de la Crisis Económica de finales de los años veinte y principios de los años treinta. Pero no contentos con ello, se da tras la Segunda Guerra Mundial un nuevo avance interventor, es el llamado "Estado Social y Democrático de Derecho" o el "Estado de Bienestar" (aunque no son exactamente lo mismo, pueden usarse de sinónimos) con lo que el Estado interviene directamente en el proceso productivo, en la fijación y prestación de servicios y en la totalidad de los ámbitos de vida de la persona, llegando a ocupar la labor económica del Estado en torno a un 50% de la actividad económica del país. Esto, que en momentos previos a la Segunda Guerra Mundial había quedado reservado a los Estados Totalitarios como la Alemania nazi o la Unión Soviética, se generalizaba y se vendía como una suerte de "rostro humano" para frenar los presuntos excesos de un capitalismo laissez-faire que hacia al menos décadas que ya no habría existido. Y ese es el lugar en que ahora nos encontramos.


2. Teorías Liberales respecto del Estado

Como decíamos al comienzo, el Liberalismo siempre ha sido ambiguo (e incluso confuso) con respecto al Estado. La incapacidad de los liberales de aglutinarse en torno a una única noción sobre el Estado ha sido uno de los elementos que sin duda ha permitido que avance sin remedio la concepción socialista del Estado, ésta sí homogénea, la concepción del Estado Total. No obstante, y a título orientativo, sí podemos distinguir tres grandes corrientes dentro del Liberalismo sobre cual debe ser el papel del Estado: se trata de la noción de Gobierno Limitado, la concepción del Estado Mínimo, y por último el ideal del Anarco-capitalismo. Veamos brevemente las tres.

a) Gobierno Limitado: Esta teoría surge fundamentalmente en Inglaterra en el siglo XVII, con las grandes revoluciones inglesas (la que se inicia en 1640 que enfrenta a Carlos I Estuardo con el Parlamento controlado por los puritanos de Cromwell y la que abarca entre 1668 y 1689 y que es conocida como Revolución Gloriosa que supone la caída de los Estuardo en la figura de Jacobo II, la entronización de Guillermo III de Orange, y el triunfo final del Parlamento en la limitación del poder regio). La noción de Gobierno Limitado va íntimamente unida a la noción de "Gobierno bajo las Leyes" (Government under the Law) o al de "Rule of Law" (equívocamente traducido como "Imperio de la Ley"). Esta noción del Gobierno y del Estado resulta hegemónica en Reino Unido desde John Locke hasta el siglo XIX y es sin duda la tradición del Liberalismo Clásico anglosajón. La idea es que el Gobierno se encuentra sometido en su actuación a lo dispuesto por el Derecho (el Common Law), al control jurisdiccional y al control político en el Parlamento. El Gobierno tiene una serie de funciones (básicamente garantizar los derechos a la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos) y fuera de sus determinadas funciones (más o menos amplias dependiendo del caso), nada más puede hacer. El Gobierno nacería del consentimiento de los gobernados, derivaría su poder de la propia sociedad (y no de una división funcional de tareas estatales como en el esquema de separación de poderes continental fruto de la obra de Montesquieu) y tendría en el Common Law (el Derecho con mayúsculas) su límite infranqueable.

b) Teoría del "Estado Mínimo": Esta teoría puede encontrarse en autores concretos de los cuales quizás los más representativos sean Ludwig von Mises, Ayn Rand y Robert Nozick. Los partidarios del Estado Mínimo son unos autores liberales que, a diferencia del anarco-capitalismo, no niegan el papel moral que juega el Estado pero sin embargo son profundamente temerosos de su actuación. Consideran al Estado a la vez como un gran enemigo de la Libertad y como un mal necesario capaz de proteger el ejercicio de esa Libertad. Por lo tanto, desde las teorías del Estado Mínimo (o Minarquismo) lo importante no es tanto su coincidencia en la justificación del Estado (cada autor tiene la suya) como en cuales deben ser las funciones que se le encomienden. Es aquí donde coinciden en señalar el mismo hecho: las mínimas imprescindibles. El Estado, para estos autores, debe limitarse a garantizar el pacífico disfrute de los derechos individuales (coacción solo frente a aquellos que inicien el uso de la fuerza contra otros) y establecer los mecanismos institucionales suficientes para hacer posible el cumplimiento de los contratos voluntariamente celebrados entre particulares y para hacer posible la solución pacífica de controversias (autoridades judiciales o arbitrales). Podría traducirse en una doble función: monopolio de las armas (policía en el ámbito interno y ejercito en el ámbito exterior) y administración de justicia. El Estado podría recaudar coactivamente impuestos, sí, pero solo los mínimos y necesarios para permitir al Estado cumplir con esas dos funciones.

c) Anarco-capitalismo: El ideal del anarco-capitalismo o del libertarismo radical se encuentra plasmado, mejor que en ningún otro autor, en la obra de Murray N. Rothbard. Según Rothbard y los suyos el Estado es esencialmente una institución de agresión y por lo tanto contraria al principio libertario de no-agresión. El Estado es, para estos autores, una suerte de organización criminal que nace, permanece y se resiste a su natural desaparición gracias al poder coactivo que le ofrecen los impuestos y el monopolio sobre las armas. El Estado es, por usar las palabras de Rothbard, "la vasta maquinaria de la delincuencia y de la agresión institucionalizadas, la "organización de los medios políticos" con el objetivo de enriquecerse, esto quiere decir que nos hallamos ante una organización criminal y que, por consiguiente, su categoría moral es radicalmente distinta de la de cualquiera de los legítimos dueños de propiedades". De este modo, Rothbard y los suyos concluyen que al ser una entidad de naturaleza inmoral, el Estado debe ser combatido hasta su desaparición, único momento en que será posible una auténtica "sociedad libertaria" basada en el capitalismo laissez-faire, la cooperación pacífica, el intercambio voluntario y una suerte de "paz perpetua". Ante los críticos sobre la imposibilidad de un capitalismo en una sociedad anarquista como la que él propone, Rothbard les contesta: "En otras palabras, creemos que el capitalismo es la máxima expresión del anarquismo y el anarquismo es la máxima expresión del capitalismo. No sólo son compatibles, sino que no se puede tener uno sin el otro. El verdadero anarquismo será el capitalismo, el verdadero capitalismo será el anarquismo".


3. Nuestra Teoría del Estado.

Dentro de la modestia, y tras explicar el concepto de Estado y las diversas teorías que desde posiciones liberales se han dado respecto del Estado, vamos a intentar apuntar la que consideramos una teoría liberal del Estado que puede servir para, en los momentos actuales, hacer frente a los envites del Estado Total que proponen las ideas y políticas socialistas.

Lo primero que debemos decir, es que nos separamos totalmente de la que podemos llamar "Tesis Rothbard" o de cualquier clase de veleidades anarquistas. Es cierto que el Estado es, fundamentalmente, coacción. Pero no es menos cierto (y Rothbard apenas le presta atención) que el Estado es también garantía. El Estado es una organización de la comunidad de naturaleza contingente: existieron comunidades políticas antes del Estado (la polis griega, el Imperio Romano o la Sociedad Feudal medieval son ejemplos claros sin salir del ámbito europeo occidental) y es posible que si el Estado llegase a su fin sigan existiendo comunidades políticas. No obstante, el Estado es la organización de la comunidad política que ha conocido (casi en exclusiva) el mundo civilizado occidental en los últimos 500 años aproximadamente.

Nuestra posición tampoco es la del "Estado Mínimo", aunque reconocemos su importancia. El Estado no solamente debe adoptar medidas que garanticen la labor de policía, cumplimiento de contratos y arreglo de controversias. En una sociedad compleja como la nuestra, existen una serie de ámbitos en los cuales la acción del Estado puede ser aconsejada y aconsejable. Al igual que hacía Hayek, nosotros no podemos negar la necesidad de que esté presente un papel de intervención subsidiaria del Estado. Lo que sí, al igual que hacia Hayek, debemos exigir que ese principio de subsidiariedad incluya dos requisitos fundamentales:

1) Que no suponga un monopolio estatal sino que su actuación sea de solicitud voluntaria y de tal modo que no perjudique las posibilidades de actores privados de prestar dichos servicios en el mercado en un régimen de libre competencia.

2) Que la prestación de servicios no esté encomendada al Estado central, sino que se deje en manos de organizaciones y entidades (principalmente de carácter municipal o regional) que no gocen de las prerrogativas inherentes a las Administraciones Públicas según el Derecho Administrativo (o Estatutario en la terminología británica).

De este modo no hay reparos a que el poder público asuma una serie de competencias (como la asistencia de aquellos que carecen de medios económicos, una sanidad de mínimos, la existencia de escuelas públicas, la realización de infraestructuras o un plan de seguros de jubilación) siempre que no sean de obligada realización por parte de los particulares, que esos mismos servicios puedan ser prestados por el sector privado (bien sea a través de empresas o de entidades sin ánimo de lucro) y que no se financien a cargo de impuestos y exacciones coactivas ni en su prestación el prestador público goce de prerrogativas exhorbitantes de las que carece el prestador privado.

Podemos llamar a esta lógica (que encuentra en una lectura de John Locke, en la Escuela Escocesa, en Burke y Tocqueville y en Friedrich Hayek, entre otros, sus principales exponentes) una teoría del "Estado Reducido" que se encontraría en un término medio entre el "Gobierno Limitado" de la tradición del Liberalismo Clásico y el "Gobierno Mínimo" característico de autores como von Mises.

Sin duda, ningún posicionamiento que se adopte desde el Liberalismo respecto del Estado será completamente satisfactorio. Cierto es que el Estado es una organización basada en la coacción violenta, algo a priori contrario a todos los principios liberales. Sin embargo no es menos cierto que en mayor o menor medida, prácticamente todos los liberales han defendido algun grado de estatalidad en las sociedades modernas. Solamente Rothbard y el libertarismo radical (llamado Anarco-capitalismo) se han negado a aceptar al Estado como parte sustancial de la sociedad libre y para evitar dotar de un papel moral al Estado han tenido que recurrir a las veleidades anarquistas, a plantear una sociedad basada en las actuaciones del individuo como un Robinson Crusoe y a vender que el capitalismo solamente es posible en una sociedad anarquista, con lo que olvidan que fundamental para el desarrollo de las libertades (y en especial la económica) hace falta un marco regulatorio que permita la libertad de todos atendiendo a una serie de normas comunes de caracter negativo (de "no hacer") y que dichas normas deben ser coactivamente impuestas (incluso mediante la "agresión" en términos rothbardianos) cuando el individuo no esté dispuesto a cumplir con ellas.

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